¿Por qué móviles, ordenadores y consolas están subiendo de precio? La crisis mundial de la memoria explicada

Comprar tecnología se está encareciendo y, esta vez, el problema no está únicamente en los procesadores más avanzados. Uno de los componentes más comunes de cualquier dispositivo electrónico se ha convertido en un recurso mucho más disputado: la memoria.

Durante el último año, los precios de la memoria DRAM se han multiplicado aproximadamente por cinco, según datos recogidos por Financial Times. El aumento ya está llegando a fabricantes de ordenadores, móviles y consolas, que se enfrentan a una decisión poco agradable: asumir el sobrecoste, trasladarlo al precio final o reducir algunas prestaciones de sus productos.

Detrás de esta situación está el enorme crecimiento de los centros de datos. Necesitan cantidades cada vez mayores de memoria de alto rendimiento y los principales fabricantes están dedicando más recursos a abastecer ese mercado. La consecuencia es que queda menos capacidad disponible para producir algunos de los chips que terminan en nuestros dispositivos.

El fenómeno ha recibido incluso un nombre bastante gráfico: RAMageddon. Más allá de la expresión, la crisis permite entender algo que normalmente pasa desapercibido: un móvil puede estar diseñado por una empresa y venderse en cualquier parte del mundo, pero su precio sigue dependiendo de lo que ocurra en unas pocas fábricas de semiconductores.

Crisis mundial de memoria DRAM y subida de precios de RAM en móviles, ordenadores y consolas

Qué está ocurriendo con la memoria

Para comprender el problema hay que distinguir primero dos componentes que solemos confundir. El almacenamiento de un móvil u ordenador conserva nuestras fotografías, aplicaciones y archivos. La memoria RAM, en cambio, funciona como un espacio de trabajo temporal al que el procesador accede constantemente mientras utilizamos el dispositivo.

Podemos imaginarlo como una mesa de trabajo. Los archivos guardados están en los cajones, mientras que sobre la mesa colocamos aquello que necesitamos utilizar en ese momento. Cuanto mayor sea esa superficie, más cosas podemos tener disponibles sin estar guardándolas y recuperándolas continuamente.

La tecnología que hace posible buena parte de esa memoria es la DRAM. Está presente en ordenadores, móviles, servidores, consolas y muchos otros dispositivos, de manera que cualquier alteración importante en su mercado acaba recorriendo prácticamente toda la industria electrónica.

Y eso es precisamente lo que está ocurriendo.

Samsung, SK Hynix y Micron dominan gran parte de la producción mundial de memoria. Las tres continúan fabricando enormes cantidades de chips, pero durante los últimos años ha aparecido un cliente dispuesto a absorber cada vez más capacidad: los centros de datos.

Por qué los centros de datos necesitan tanta memoria

Los grandes sistemas de cálculo necesitan procesadores muy potentes, pero esos procesadores sirven de poco si no pueden recibir información con suficiente rapidez. Es como disponer de una cocina llena de grandes chefs pero entregarles los ingredientes uno a uno: parte de su capacidad terminaría desperdiciándose mientras esperan.

Para evitar ese problema se utiliza cada vez más la HBM, siglas de memoria de alto ancho de banda. Está diseñada para mover enormes cantidades de información a gran velocidad y se ha convertido en un componente especialmente importante en los servidores más avanzados.

La HBM es además más compleja y rentable que buena parte de la memoria convencional. Para fabricantes como Samsung, SK Hynix o Micron resulta lógico dedicar inversiones y capacidad a un mercado donde la demanda está creciendo rápidamente y los márgenes son mayores.

El problema aparece porque las fábricas tienen límites. No toda la DRAM convencional y la HBM salen exactamente de las mismas líneas de producción, pero ambas necesitan inversiones, instalaciones, personal especializado y otros recursos industriales que no pueden multiplicarse de forma inmediata.

IDC lleva meses advirtiendo de esta reasignación de capacidad hacia productos destinados a centros de datos. El mercado no se ha quedado sin memoria; ha cambiado el lugar hacia el que resulta más rentable dirigir una parte creciente de la producción.

Una fábrica de chips no se amplía en unos meses

Aquí encontramos la razón por la que la crisis puede prolongarse.

Cuando aumenta la demanda de un producto corriente, una empresa puede contratar más trabajadores, añadir turnos o instalar nuevas líneas de fabricación. En los semiconductores avanzados, ampliar la oferta resulta mucho más complicado.

Una nueva fábrica necesita inversiones de miles de millones, maquinaria extremadamente especializada y años de construcción y puesta en marcha. Incluso cuando las instalaciones están terminadas, producir chips de forma rentable exige alcanzar un nivel de precisión muy elevado.

Por eso existe un desfase importante entre oferta y demanda. Los pedidos de los centros de datos pueden crecer con enorme rapidez, mientras que la industria necesita años para crear la capacidad que permita atenderlos.

Deloitte estima que parte de las nuevas instalaciones previstas no estará plenamente disponible hasta 2029 o 2030. Eso no significa necesariamente que los precios actuales vayan a mantenerse hasta entonces, pero sí explica por qué la industria no puede solucionar la escasez simplemente fabricando más chips durante los próximos meses.

Cómo termina pagando el consumidor esta crisis

La conexión entre un centro de datos y el precio de un teléfono parece lejana, pero se entiende mejor con un ejemplo.

Supongamos que un fabricante diseña un móvil de gama media con 12 GB de RAM. Meses antes de ponerlo a la venta calcula cuánto costarán la pantalla, las cámaras, el procesador, la batería, la memoria y el resto de componentes. Con esos costes decide a qué precio puede venderlo y cuánto ganará con cada unidad.

Si durante ese periodo la memoria se encarece mucho, todo el cálculo cambia.

El fabricante puede mantener las especificaciones y aceptar un margen menor, pero esa solución tiene límites. También puede subir el precio del teléfono o reducir la cantidad de memoria para mantener aproximadamente el coste previsto.

IDC considera que precisamente esto último puede hacerse más habitual. Algunas configuraciones previstas inicialmente con 12 GB de RAM y 256 GB de almacenamiento podrían pasar a 8 GB y 128 GB para contener el coste de fabricación.

Eso significa que el consumidor puede notar la crisis aunque el precio de la etiqueta no cambie. Pagar 500 euros por un móvil que antes habría incluido más memoria también es una forma de encarecimiento.

El efecto se extiende a ordenadores y consolas

Los ordenadores son especialmente sensibles porque la memoria representa una parte visible de sus especificaciones. Un fabricante que vende millones de equipos puede encontrarse con un incremento considerable de costes aunque cada módulo se encarezca solo unas decenas de euros.

Los datos publicados durante 2026 ya muestran esa presión. El mercado de PC ha registrado simultáneamente una reducción de unidades vendidas y un aumento de los precios medios. Algo parecido empieza a observarse en otros segmentos de electrónica de consumo.

Las consolas tampoco quedan al margen. Su modelo de negocio suele depender de mantener durante años una misma plataforma y reducir progresivamente los costes de fabricación. Si determinados componentes dejan de abaratarse y comienzan a recorrer el camino contrario, mantener esa estrategia resulta más difícil.

Y el problema puede extenderse bastante más. Televisores, cámaras, automóviles y numerosos dispositivos conectados incorporan memoria. No todos necesitan las mismas cantidades ni utilizan exactamente los mismos chips, pero todos participan de una industria sometida a una presión excepcional.

Fabricación de memoria DRAM y HBM para ordenadores, móviles, consolas y centros de datos

Tres empresas tienen buena parte de la memoria del mundo en sus manos

La situación también permite entender por qué los semiconductores se han convertido en un asunto estratégico.

Podemos elegir entre decenas de marcas de teléfonos y ordenadores, pero detrás de esa aparente variedad existen mercados mucho más concentrados. En DRAM, Samsung, SK Hynix y Micron concentran prácticamente toda la producción mundial relevante.

Esto proporciona una enorme eficiencia porque fabricar chips requiere inversiones difíciles de asumir para empresas pequeñas. Pero también provoca que cualquier cambio de estrategia de estos fabricantes tenga consecuencias globales.

Es un fenómeno parecido al que explicábamos al analizar por qué Apple, Google, Samsung y Xiaomi quieren diseñar sus propios chips. Las grandes tecnológicas buscan controlar una parte mayor de sus productos, pero incluso diseñando sus propios procesadores continúan dependiendo de una infraestructura industrial concentrada en muy pocas compañías.

La crisis de memoria muestra esa dependencia desde otro ángulo. Un fabricante puede controlar el diseño de un ordenador hasta el último detalle y, aun así, tener dificultades para mantener su precio porque uno de sus proveedores dispone de mejores oportunidades vendiendo capacidad a los centros de datos.

La IA ha provocado el aumento de demanda, pero esta es una crisis industrial

Buena parte de la demanda actual procede de la expansión de la inteligencia artificial. Sin embargo, reducir todo el problema a decir que «la IA está encareciendo los ordenadores» sería quedarse en la superficie.

La verdadera cuestión es cómo está organizada la industria.

Los centros de datos necesitan cada vez más memoria avanzada. Hay pocos fabricantes capaces de producirla. Construir nuevas fábricas requiere años y miles de millones de inversión. Y esas empresas prefieren dedicar una parte creciente de sus recursos a los productos donde encuentran mayor demanda y rentabilidad.

La IA ha acelerado el desequilibrio, pero la escasez aparece porque el mundo físico no puede crecer a la velocidad del digital.

Un servicio de software puede pasar de un millón a diez millones de usuarios en poco tiempo. Una fábrica de semiconductores no puede multiplicar por diez su capacidad con la misma facilidad.

Esa diferencia entre crecimiento digital y capacidad industrial ayuda también a entender algunas de las consecuencias que analizamos en nuestro artículo sobre el impacto de la inteligencia artificial en la economía. Detrás de la expansión del software hay inversiones enormes en instalaciones, electricidad, chips y redes.

Las grandes marcas tienen una ventaja adicional

Una escasez de componentes no afecta por igual a Apple que a un pequeño fabricante de ordenadores.

Las grandes compañías compran millones de chips y pueden negociar contratos a largo plazo. Para un proveedor de memoria, garantizar el suministro a uno de sus mayores clientes suele ser más importante que atender a una empresa que compra volúmenes pequeños.

IDC considera que esta situación puede reforzar a las grandes marcas frente a fabricantes regionales o de menor tamaño. Estos últimos tienen menos capacidad para asegurar suministros y también menos margen para absorber una subida de costes sin trasladarla inmediatamente al consumidor.

El problema puede sentirse especialmente en los productos económicos. Añadir 20 o 30 euros de coste a un teléfono de 1.200 euros es incómodo. Hacerlo en uno de 180 euros puede obligar a modificar por completo sus especificaciones o su precio.

La crisis podría terminar así produciendo un efecto menos evidente: no solo tecnología más cara, sino también menos competencia en algunos segmentos del mercado.

¿Merece la pena adelantar la compra de un ordenador o un móvil?

La situación no justifica comprar tecnología por miedo a que se agote. Los fabricantes trabajan con inventarios y contratos diferentes, y el aumento del coste de la memoria no llega al consumidor de forma inmediata ni uniforme.

Pero sí cambia una idea que durante años hemos dado casi por segura.

Esperar para comprar tecnología solía significar conseguir algo mejor por el mismo dinero. Un ordenador de 800 euros comprado seis meses después normalmente ofrecía más capacidad, un procesador mejor o algún descuento.

Durante los próximos meses esa regla puede funcionar peor.

Quien necesite renovar un ordenador, ampliar la memoria de un PC o comprar una consola debería comparar precios con algo más de atención y no dar por hecho que esperar varios meses garantizará una oferta mejor.

No se trata de anticipar compras innecesarias. Se trata de entender que la evolución de los precios tecnológicos ha dejado temporalmente de jugar tan claramente a favor del consumidor.

Una crisis que puede acompañarnos durante 2027

Predecir cuándo terminará resulta complicado porque depende tanto de la oferta como de la demanda.

TrendForce continúa describiendo un mercado de DRAM muy tensionado durante la segunda mitad de 2026, mientras diferentes previsiones apuntan a que las alteraciones podrían continuar durante 2027. La llegada progresiva de nueva capacidad debería aliviar el problema, pero una parte importante de las inversiones industriales necesitará bastante más tiempo.

También puede ocurrir que los precios se estabilicen antes de que desaparezca la escasez. Si la demanda de determinados dispositivos disminuye, los fabricantes ajustan sus productos o la producción mejora, el equilibrio puede recuperarse sin esperar a que todas las nuevas fábricas estén terminadas.

Por eso RAMageddon describe bien el momento actual, pero no debería interpretarse como un escenario permanente.

Lo que sí parece más duradero es la lección que deja esta crisis. Hablamos constantemente de servicios en la nube, inteligencia artificial y economía digital como si la tecnología fuese cada vez menos física. En realidad ocurre lo contrario: cuanto más crece el mundo digital, más depende de fábricas, centros de datos, electricidad y semiconductores.

Normalmente esa infraestructura permanece fuera de nuestra vista. Cuando falta memoria, termina apareciendo donde todos podemos verla: en el precio y las especificaciones del próximo dispositivo que queremos comprar.

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